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Desde mediados del siglo XIX la campiña italiana es asolada por la
miseria y muchos son los que desean partir hacia América, en su imaginación la
"tierra prometida". El "Sirio" zarpa de Génova cargado de
emigrantes que se dirigían a Sudamérica, previa escala en algunos puertos españoles
donde recoge a los hijos de la otra península misérrima, todos llevando
consigo, junto a sus humildes pertenencias la nostalgia del "paese" y
la aldea...
Así, el viaje "... se convierte ... en un duro y doloroso rito de
iniciación al revés. Un alejamiento de la propia identidad social y afectiva,
una disponibilidad coacta a reiniciar todo desde el principio.
La tarde del 4
de agosto el Sirio se aproximaba a las costas de Cabo de Palos navegando a
toda máquina con el objetivo de ganar tiempo. La mar estaba calma, la
brisa dócil, y el sol comenzaba a flaquear a estribor del buque. Los
pasajeros descansaban -plácidamente los menos, molestos en el
hacinamiento los que más- en sus camarotes, durmiendo, escribiendo o
leyendo -aquellos-, charlando acerca de mil historias o soñándolas, -los
otros-.

A las cuatro unos y otros escucharon un fortísimo - aunque, según las crónicas,
seco- rasconazo producido por el vientre de hierro del barco. Después de
una violenta sacudida, el trasatlántico quedó varado entre las rocas del
bajo que hay en las Islas Hormigas, a menos de tres millas de distancia de
la costa de Cabo de Palos.
Tras el impacto, muchos pasajeros se vieron en el suelo del buque sin
tener apenas conciencia de lo sucedido. El pánico comenzó a apoderarse
de los viajeros, en general desconocedores del mar y en ningún caso
instruidos para una situación de emergencia.
Primero fue un golpe seco que levantó la proa del buque y la hizo salir
del agua. Luego fue un gran chirrido, un estruendo ensordecedor ocasionado
por las planchas del fondo que se abrían y retorcían contra la
superficie de la piedra del Seco de Fuera. En la sala de máquinas y
cuartos de calderas el personal de guardia no tuvo la menor opción de
salvarse. Murieron aplastados por las planchas del fondo que se abrían a
sus pies y la tromba de agua que entraba a toda velocidad. Durante unos
segundos el Sirio quedó completamente frenado, inmóvil en un equilibrio
inestable sobre las aristas de la piedra en la que había embarrancado. La
mayor parte de los pasajeros cayó al suelo debido a la colisión. Algunos
gritos de sorpresa, al principio, rompieron el silencio que siguió al
brutal choque. Se oía crujir la estructura del buque. De algún lugar en
las entrañas del Sirio brotaban chorros de vapor de agua que afloraban
por varias grietas aparecidas en las cubiertas de popa. Y entonces
sobrevino la explosión. Las calderas del trasatlántico italiano
estallaron destrozando las cubiertas de pasaje sobre ellas ubicadas y
sembrando la muerte entre los emigrantes.
En
escasos cuatro minutos, un tercio del buque quedó completamente sumergido
en las aguas por su popa.
Intentaron los viajeros ponerse a salvo pero, al no tener a nadie que
organizara la maniobra, les dio por correr como locos por todo lo largo y
ancho del buque, apresados por la confusión y el terror. Muchos de los
que se encontraban en cubierta quedaron atrapados por los toldos que les
protegían del sol. Sollozaban los niños, gritaban las mujeres, maldecían
los hombres y oraban los clérigos, pero todos intentaban huir de la
fatalidad sin éxito.
A bordo del buque iban dos obispos, algunas monjas y varios frailes
carmelitas. Cuando se desencadenó la catástrofe, uno de los obispos
comenzó a bendecir a los pasajeros que encontraba a su paso, mientras los
demás religiosos, hincados de rodillas en el suelo del barco, suplicaban
a Dios piedad y socorro. Cuando el clérigo se encontraba bendiciendo a
una desconsolada viajera que hubo de salir a medio vestir, el agua comenzó
a inundar aquella zona del barco y los pasajeros se iban lanzando al agua
como podían: unos con salvavidas, otros sin él. Llegó el turno del
obispo y se dispuso éste a arrojarse al agua ayudado por una cuerda y un
salvavidas que pudo colocarse cuando, por un movimiento del barco o quizá
por una ría de agua, saltó el obispo hacia una parte y el salvavidas
para el lado contrario, que no fue otro que a las manos de un pasajero
argentino que, al no saber nadar, se las daba ya por muerto. Contó horas
más tarde uno de los supervivientes del naufragio que, en aquellos
momentos de terrible apuro, observó a un joven fraile que mientras se
agarraba con una mano a una cuerda del vapor -"y llegábale el agua
hasta el cuello"-, bendecía con la otra a cada uno de los náufragos
que, ante sus ojos, desaparecían bajo el mar. Al cabo, cuando uno de los
botes pesqueros que participaron en el salvamento se acercó hasta ese
lugar e invitó al carmelita a subir, éste se negó objetando: "Más
allá, agarrada a una tabla, se ahoga una pobre mujer con un niñito en
brazos. Salvadla a ella, que yo aún puedo nadar un poco más ".
Entre los pasajeros del Sirio se encontraba una joven pareja italiana de
recién casados. Aquella tarde habían estado en su camarote y acababan de
subir a cubierta cuando notaron "como un golpe seco y profundo"
al tiempo que una fuerte sacudida daba con ellos en el suelo. Entre el
desconcierto que siguió al embarrancamiento del barco vieron, entre otras
escenas, a un hombre que, ajeno a las idas y venidas, a los gritos y a las
carreras de los demás pasajeros, sacaba tranquilamente su revólver y se
disparaba un tiro en la sien. En ese momento, al ver que una barca se
acercaba hasta el arruinado vapor, la joven pareja se arrojó al agua.
Junto a ella flotaban varios cadáveres de mujeres, hombres y niños. La
esposa, llamada Brígida Morelli, consiguió agarrarse a uno de los cabos
lanzados por la barca, pero no volvió a saber nada de su marido.
Viajaban aquella tarde de agosto en el Sirio varios artistas de renombre
en la época: los directores de orquesta, maestros Eberna y Hermoso, el
tenor italiano de ópera Maristani -estos tres sobrevivieron al
naufragio-, o la popular tiple cómica Lola Milanés. En el momento del
choque se encontraba ésta junto al mencionado maestro Hermoso refiriéndole
sus proyectos con el barítono Aristi, a cuya compañía pensaba unirse al
llegar a Buenos Aires. Cuando la situación resultó ya insostenible y el
agua lo inundaba todo, Lola Millanessuplicó al compositor que le dejara
su revólver "para abreviar con el suicidio la lenta pero inevitable
agonía". "Los detalles del naufragio del trasatlántico Sirio,
acaecido en Cabo de Palos en la tarde de anteayer, sin causa alguna que lo
hiciera temer ni sospechar, y debido sólo a criminal abandono o
imperdonable impericia del capitán del buque, son aterradores, tanto, que
sólo por un esfuerzo supremo de voluntad, a la que sirven de acicate los
deberes que con el público tenemos contraídos, quizás podamos
referirlos, sobreponiéndonos a la impresión hondísima que aún nos
embarga."(EL ECO de Cartagena. 6 de agosto de 1906.)
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"Frente al cabo de Palos de Cartagena, en los llamados bajos de las
Hormigas, naufragó el sábado 4 de agosto el vapor italiano Sirio, que
se dirigía a Buenos Aires. El balance de las víctimas superó los 200
muertos. El buque chocó contra los bajos y, a continuación, se produjo
una fortísima explosión. Los cadáveres fueron arrojados por las olas
a las playas murcianas y hasta a la de Santa Pola, en Alicante".
(EL DIARIO DEL SIGLO XX. Año 1906.)
"Esta tarde ha llegado hasta
nosotros la noticia de haber embarrancado yéndose a pique en los bajos de
las Hormigas, un trasatlántico de nacionalidad italiana, que conducía
pasajeros." (EL ECO de Cartagena. 4 de agosto de 1906.)
100 Años
después
Restos del Sirio http://www.divernet.com/travel/pics/0403spain1.jpg
"Hoy en día, los restos
del Sirius se encuentran diseminados alrededor del Bajo de Fuera, zona
declarada reserva integral desde 1995, donde sólo se permiten algunos
tipos de pesca artesanal. Gran parte de los restos del buque, como las
calderas y diversas planchas del casco, se encuentran diseminados por la
cara oeste del bajo, a lo largo de una pendiente suave. La popa se
encuentra a 47 metros de profundidad. La proa se encuentra en la cara
este, pared vertical de mar abierto, a 70 metros de profundidad, junto a
los restos de otras naves. Hasta 1995 se podían visitar libremente los
restos, tras la declaración de la zona como Reserva Integral de las Islas
Hormigas, sólo es posible bucear con titulaciones del MAPA y obteniendo
una serie limitada de permisos en la Consejería de Medio Ambiente del
Gobierno Regional de Murcia, organismo que regula la reserva y tramita los
permisos."
Después de aquel día 13 de agosto en que el Sirio se partió en tres (la
popa, que descansa hundida a 47 metros de profundidad, la proa que cayó
en el lado Este y se encuentra a unos 70 metros, y la zona central, que se
rompió en miles de pedazos), el vapor italiano ha seguido cobrándose
vidas de buceadores que intentaron descubrir en las profundidades alguna
pista que desvelase la incógnita o algún objeto con el que recordar esta
magnífica aventura. Las personas del
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