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Especial I CENTENARIO NAUFRAGIO DEL  SIRIO. El Titanic Español.

El Naufrágio del Sirio

EL NAUFRAGIO


Apenas pasadas las 16.00 horas del 4 de agosto, a pocas millas de la vecina Cartagena, el "Sirio" se aproximaba a las costas de Cabo de Palos. Lo hacía con una trayectoria peligrosamente cercana a ellas. El mar estaba calmo y sin viento. Según relata "Caras y Caretas", "El sol iba declinando y la refracción en las aguas impedía distinguir la isla de las Hormigas, punto de orientación más inmediato"  


Según otro relato, en el puente el oficial de guardia observó con sus prismáticos que las islas aparecían a proa, ligeramente por estribor y a algo menos de una milla. Esperaba impaciente la llegada del capitán Piccone. Avisó que estaban llegando al punto de recalada (17), cuando a menos de 1.500 metros de la costa se produjo la catástrofe. En aquellos momentos el "Sirio" navegaba a 15 nudos, unos 28 km. por hora, según algunos autores, a 17 nudos según otros.


"Il quattro agosto, alle cinque di sera / nessun sapeva il suo triste destin / Urto' il Sirio un terribile scoglio / di tanta gente la misera fin..."  


Se escuchó un estruendo ensordecedor "y una espantosa sacudida..."ocasionados por las planchas del fondo que se destrozaban contra la cima del Bajo de Fuera, un pináculo submarino de 200 metros de largo que asciende desde los 70 metros de profundidad hasta sólo 3 de la superficie, invisible y mortal obstáculo donde el barco quedó asentado. Aplastados por la masa de agua que ingresaba con enorme fuerza y rapidez, en la sala de máquinas los tripulantes no tuvieron ninguna oportunidad.


Columnas de vapor de agua impulsadas a gran presión comenzaron a surgir por grietas que se abrían en la cubierta de popa, que se hundía poco a poco y donde viajaban los pasajeros de 1a clase.


Pocos momentos transcurrieron hasta el instante en que estallaron las calderas, sembrando la muerte y destrozando las cubiertas ubicadas sobre ellas. El navío se elevó de popa (20) para luego caer -una especie de sube y baja sobre el escollo-, hundiéndose por completo ese extremo en 15 minutos, en tanto que desde mitad del casco hacia proa emergía de las aguas, con una escora hacia estribor de unos 35°.


Tras el impacto, muchos se vieron arrojados al suelo sin tener conciencia de lo sucedido. Algunos gritos comenzaron a romper el silencio que siguió al brutal choque.
En su mayor parte familias de campesinos, acompañados casi todos por numerosos niños pequeños, los emigrantes desconocían el mar. Pocas personas sabían nadar en esos tiempos y, en todo caso, ninguna preparación poseían para enfrentar una emergencia de este calibre

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Fotos del acto oficial del centenario del naufragio del Sirio en las costas de Cabo de Palos. Junto a la Manga.


El pánico se apoderó de todos. Creyendo que se hundía completamente y siguiendo un elemental instinto de conservación, los pasajeros corrieron hacia proa. La posición en la que había quedado el buque y la invasión de las cubiertas por los aterrorizados viajeros que se luchaban por abrirse camino, hacía casi imposible arriar los botes salvavidas.


La mayor parte de los de estribor habían quedado bajo el agua y los de babor colgaban suspendidos hacia el interior, debido a la escora.

 El de la banda de babor más próximo a la popa flotaba en el agua que invadía la cubierta, sujeto por el aparejo de los pescantes 


Otros fueron "... tomados por asalto ... se soltaron los cabos de uno de ellos y cayó al mar con todos los que en él se habían embarcado. Todos perecieron, con excepción de dos muchachos que volvieron a la superficie. Luego, otro bote que cayó bien al mar y también lleno de gente, se tumbó por el peso excesivo y se ahogaron todos, sin salvar uno solo... Las mujeres y los niños que lloraban y pedían socorro era lo que más conmovía"  


Colaboraron con el desastre los toldos de cubierta -protegían a los viajeros del sol y las altas temperaturas-, ya que con la nave en la posición descripta, se transformaron en una especie de redes mortales para los que quedaron embolsados en ellos.


Un grupo de oficiales cortó los cabos de un bote y con el capitán Piccone a bordo, se alejó del "Sirio". La tripulación, por incapacidad de controlar la situación o por cobardía, también abandonó al pasaje a su suerte. Una miserable acción por la cual todos deberán muchas explicaciones.


El capitán dijo que se sumió en un shock mientras avanzaba entre cuerpos despedazados por la explosión de las calderas, declarando a la prensa que "Yo iba en la cámara y no sobre cubierta como por algunos se ha dicho, y completamente confiado en el feliz término del viaje. Cuando sentí el terrible golpe comprendí lo que había ocurrido, y parece que recibí una punzada en el corazón, al pensar en tantos seres como llevaba a bordo"


Únicamente el segundo piloto permaneció en la nave hasta que los viajeros fueron evacuados en su totalidad. También hubo actos heroicos entre quienes quedaron abandonados a su suerte. El grupo de religiosos se destacó atendiendo la desesperación de sus compañeros de viaje.


Comenzó a crujir la estructura, presionada por el movimiento de la marea, mientras los pasajeros seguían lanzándose al agua, con o sin salvavidas.


Con la oficialidad al frente y una organización adecuada, poco tiempo hubiera bastado para aprontar las medidas de seguridad necesarias para poner a salvo, sino a todos, al menos a una parte importante del pasaje, que sin esa guía, sin un orden elemental, intentaron huir sin éxito.


"Si sentivano le grida strazianti,/padri e madri con le onde lottar,/abbracciavano i cari lor figli,/ ma poi sparivano tra le onde del mar."  

"Los detalles del naufragio del trasatlántico 'Sirio', acaecido en Cabo de Palos en la tarde de anteayer, sin causa alguna que lo hiciera temer ni sospechar, y debido sólo a criminal abandono o imperdonable impericia del capitán del buque, son aterradores, tanto, que sólo por un esfuerzo supremo de voluntad, a la que sirven de acicate los deberes que con el público tenemos contraídos, quizás podamos referirlos, sobreponiéndonos a la impresión hondísima que aún nos embarga".
 
Entre los pasajeros se encontraba una joven pareja italiana de recién casados que acababan de subir a cubierta cuando notaron "como un golpe seco y profundo" al tiempo que una fuerte sacudida los arrojaba al piso. Un hombre, ajeno a los gritos y carreras de los demás, se disparaba un tiro. Al ver una barca que se acercaba, la pareja se arrojó al agua. Junto a ellos flotaban cadáveres de mujeres, hombres y niños. La esposa, Brígida Morelli, consiguió tomarse de uno de los cabos lanzados por la barca, pero nada volvió a saber de su marido.


La zona era de intenso tránsito marítimo. Muchos presenciaron el naufragio y aunque algunos negaron su auxilio, la única ayuda que recibieron vino del exterior de la nave, como veremos más adelante..
Uno de los obispos comenzó a bendecir a los pasajeros que encontraba a su paso, mientras los demás religiosos, hincados de rodillas suplicaban piedad y socorro.

 


"Fra i passeggeri un vescovo c'era / con nel cuore l'angoscia ed il duol/ porgeva a tutti aiuto amoroso,/e dava a tutti la benedizion!"


Al acercarse uno de los botes de salvamento, se invitó a un carmelita a subir, pero éste se negó: "Más allá, agarrada a una tabla, se ahoga una pobre mujer con un niñito en brazos. Salvadla a ella, que yo aún puedo nadar un poco más", relatan los periódicos.
Un argentino, el estudiante de derecho Martín Hailze, pasajero de 1ra, clase, se había embarcado en Barcelona con destino a Buenos Aires. 

Para el diario "El Eco" de Cartagena del 6 de agosto, hizo un pormenorizado relato de sus impresiones a pocas horas de producirse la tragedia. Entre otros comentarios expresó que "Iba en mi camarote... escribiendo una carta, cuando una fuerte sacudida me tiró... y una gritería inmensa me hizo conocer que alguna terrible desgracia había ocurrido (...) subí casi arrastrándome sobre cubierta, y el cuadro aterrador que se presentó a mi vista perdurará en mi memoria por muchos años que viva. El buque se sumergía de popa rápidamente; los pasajeros corrían como locos, dando gritos de terrible angustia, llorando unos, maldiciendo otros y todos llenos de terror. Esto fue causa de que se cometieran escenas de verdadero salvajismo. Peleábanse entre sí hombres y mujeres por los salvavidas; pero, cómo: a patadas, a puñetazos limpios, con uñas y con dientes. Hasta vi algunos esgrimiendo cuchillos. Un hombre alto y fornido sostenía feroz lucha con una joven de rara hermosura, casi una niña, a la cual quitó el salvavidas, y con él logró salvarse. A bordo del buque iban varios frailes carmelitas y dos obispos. Uno de éstos bendecía con mística unción a un numeroso grupo de personas, entre las que había muchas mujeres y dos religiosos, los cuales hincados de rodillas, impetraban la protección del Altísimo. Así estuvieron hasta que el agua inundó aquel sitio que era la popa. Al ocurrir esto, creí llegado mi último momento; pues ni sé nadar ni veía manera posible de salvarme. Ya había perdido toda esperanza, cuando observé que el mencionado obispo que lo era de San Pablo del Brasil, Monseñor José de Camargo... se arrojaba al mar descendiendo por una cuerda, y que un salvavidas que llevaba se le caía al agua. Me arrojé sobre él y así me sostuve hasta que vino a recogerme una lancha de pescadores. Por mi acción, aun comprendiendo que no tiene nada de vituperable, siento remordimientos, por más que trato de acallarlos, haciéndome el razonamiento de que el señor obispo ya tenía cumplida su misión, mientras que yo soy joven ..."
Sin embargo, según "Caras y Caretas" no es cierto "... que hubo lucha entre los pasajeros ni hubo heridos de bala o de arma blanca..."

 

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Rogelio Garcia Galindo. Escritor. Poeta y Novelista. Cabo de palos

 

 

A las cuatro unos y otros escucharon un fortísimo - aunque, según las crónicas, seco- rasconazo producido por el vientre de hierro del barco. Después de una violenta sacudida, el trasatlántico quedó varado entre las rocas del bajo que hay en las Islas Hormigas, a menos de tres millas de distancia de la costa de Cabo de Palos.


Tras el impacto, muchos pasajeros se vieron en el suelo del buque sin tener apenas conciencia de lo sucedido. El pánico comenzó a apoderarse de los viajeros, en general desconocedores del mar y en ningún caso instruidos para una situación de emergencia.


Primero fue un golpe seco que levantó la proa del buque y la hizo salir del agua. Luego fue un gran chirrido, un estruendo ensordecedor ocasionado por las planchas del fondo que se abrían y retorcían contra la superficie de la piedra del Seco de Fuera. En la sala de máquinas y cuartos de calderas el personal de guardia no tuvo la menor opción de salvarse. Murieron aplastados por las planchas del fondo que se abrían a sus pies y la tromba de agua que entraba a toda velocidad. Durante unos segundos el Sirio quedó completamente frenado, inmóvil en un equilibrio inestable sobre las aristas de la piedra en la que había embarrancado. La mayor parte de los pasajeros cayó al suelo debido a la colisión. Algunos gritos de sorpresa, al principio, rompieron el silencio que siguió al brutal choque. Se oía crujir la estructura del buque. De algún lugar en las entrañas del Sirio brotaban chorros de vapor de agua que afloraban por varias grietas aparecidas en las cubiertas de popa. Y entonces sobrevino la explosión. Las calderas del trasatlántico italiano estallaron destrozando las cubiertas de pasaje sobre ellas ubicadas y sembrando la muerte entre los emigrantes.

 

 

 

 

 

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Créditos
© El naufragio del Sirio
Diciembre 2001
Ángel Rojas Penalva
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